El universo más grande es aquel que uno conoce: el propio. Y éste se va formando a partir del nacimiento de pequeñas y nuevas estrellas, que a su debido tiempo van formando galaxias y sistemas. Sin duda, no faltan agujeros negros, pero basta un poco de astucia para poder esquivar a la mayoría. Es mejor dejarlos ahí, absorbiendo todo lo que se deja ser absorbido, sin preocuparse demasiado por ellos. Aún recuerdo cuánto me costó describir cada estrella la primera vez que me propuse vomitar mi universo…

Pero lo más maravilloso de todo, lo que todavía no puedo creer cierto, es que, realmente, sacarlo todo hacia fuera me haya sido útil. Sí, yo creía que todo eran mentiras, metáforas que utilizaban los poetas y profesores de literatura para animar a que la gente escribiera, pero no. Es todo cierto, cada palabra bien posicionada es una batalla más vencida. Y así, con la suma de pequeñas batallas, es como se termina ganando una guerra. Durante tanto tiempo he jugado a ser una exploradora en mi propio mundo… Durante tanto tiempo me he perdido sin saber si iba a encontrarme… Los senderos más recónditos de mis tierras han sido desvirgados por las plantas de mis pies, recorridos con miedo por ésta cada día menos temerosa aventurera. Y un buen día se terminó el juego. Ya no hay más adivinanzas. Ni un jeroglífico más. He resuelto el misterio de mi vida, o tal vez ha sido él quien me ha resuelto a mí. He descubierto qué es en lo que creo: en imposibles. Porque mi universo ha estado construido, al fin y al cabo, de muchos de ellos.
